domingo, 30 de septiembre de 2012

JUEGOS INFANTILES




Los estudios sobre el juego cobran importancia a partir de la segunda mitad del siglo XIX y la primera mitad del XX. Con Huizinga en 1938, y veinte años después con el trabajo de Caillois, se llega a definir el valor del juego en el desarrollo de la civilización precisando sus características como actividad específicamente humana (Huizinga, 1938-1996; Caillois, 1950-1994). Ahora bien, estas definiciones que resultan interesantes a la hora de precisar el término no resuelven "operativamente" el problema del juego en el contexto pedagógico (Brougére, 1997).
Con respecto a la escuela infantil, el juego como tal, y no el "uso didáctico del juego", es fuertemente declamado pero en la práctica limitado (Kishimoto, 1996; Sarlé, 2001). Brougére (1997) plantea dos obstáculos como causa de esta paradoja. El primero, se relaciona con la utilización de la palabra "juego" y su uso metafórico. El segundo, con la forma en que se han considerado las características propias del juego y su relación con la educación y el desarrollo infantil.
En el primer caso, el juego ha sido asociado con la creatividad, el placer, la exploración... Esto torna complejo diferenciar las características que le son propias de aquellas que comparte con otras actividades  (Henriot, 1989; Caillois, 1994) y se incurre en el error de llamar juego a toda actividad que involucre la imaginación o el desligarse de la realidad. El impacto de este modo de conceptualizar al juego lleva a creer que todo lo que sucede en el jardín de infantes es juego cuando en realidad no lo es ("todo es juego pero nada es juego"). Se emplea la palabra "juego" en lugar de recreación, diversión o pasatiempo.
El segundo obstáculo es más complejo y se refiere a las relaciones entre juego y enseñanza. Tal como señalamos en el capítulo anterior, desde hace años se considera que ciertas características propias del juego como la libertad del jugador, la relación proceso-producto, la ausencia de direccionalidad externa o la ausencia de control sobre lo aprendido- tornan inadecuada su inclusión en la escuela cuando se piensa en la enseñanza. Al juego se lo define como una conducta espontánea de la infancia que tiene impacto en el desarrollo pero que es ajena a los objetivos escolares.
En este sentido, Mauridas Bousquet (1986) identifica tres posturas diferentes en la forma en que se consideran el juego y la enseñanza: (a) los que defienden el juego libre en la escuela, (b) los que postulan la necesidad de intervenir en el juego dándole un objetivo y, (c) los que directamente destierran al juego de la escuela. Con respecto a la tercera postura, si bien se alzan voces que señalan una disminución de la presencia del juego en las prácticas de enseñanza / propuestas de actividad en lo que se refiere a la educación infantil el destierro del juego no se discute como alternativa posible aunque se la postule para otros niveles de escolaridad (Amonachvili, 1986).
supondría finalizar el juego. Aun cuando todos los juegos suponen reglas, de acuerdo al tipo de juego que se
realice, las reglas estarán más o menos formalizadas. Es propio de la acción lúdica crear escenarios y
situaciones imaginadas, rompiendo la relación directa con la realidad y transformando, a partir de la intención
del jugador, la realidad en fantasía.